Domingo 8 de Noviembre de 2026

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RITOS Y ESCRITOS

8 de noviembre de 2026

YO, DIONISO. Un monólogo de Osvaldo Burgos. Parte I

NACIMIENTO Y CONSTELACIÓN FAMILIAR
Yo sé que algunos piensan que soy mixto. Pero yo tengo personalidad

Un hijo más de Zeus

Mi madre ardió en un fuego que creció desde ella misma. Yo, Dioniso, dios de la ambigüedad y los excesos, del vino (que es a la vez alegría y furia, adormecimiento y euforia) soy el que nació dos veces. Mi nombre lo dice

Mi historia comienza, como la de casi todos en este suelo que ahora insisten en llamar Grecia, con la exacerbación sexual de Zeus. Y una joven mujer raptada. Padre Nuestro que estás en los cielos ¿Otra vez caíste en la tentación?

¿A qué viene tanta política del deseo? Mi abuela Harmonía me lo contó una vez. Sucede que antes, me dijo, la gente adoraba a la Gran Diosa. En una y otra aldea, los poetas que danzaban en círculo, invocándola, enseñaban nombres distintos para ella. Hera. Deméter. Artemis. Y sin embargo la pensaban, la veían (porque mirar miramos todos, pero solo los poetas ven) exactamente igual. Salvaje. Implacable. Orgiástica.

La Diosa, según me contó mi abuela, tenía un consorte, el rey, que en la fe de algunos pueblos, en la devoción de algunos poetas, era también su hijo. Una figura menor que, a fin de cada año, moría después de fecundar a su madre y esposa. Para resucitar uno, dos, tres días después, en otro nombre, en otro cuerpo, como dios menor. Hijo. Y repetir el ciclo. A rey muerto rey puesto. Esta mitología lunar de muerte y resurrección, era propia de los pueblos agrícolas y se encarnaba en el toro como animal del sacrificio.

Luego llegaron pueblos guerreros, trayendo a los dioses patriarcales de su mitología solar, en la que el rey ya no es un toro sacrificial que muere y resucita sino un león inalcanzable y eterno. Pero la gente no olvidó a su diosa. Y fue incorporándola al panteón de Zeus, el Gran dios de los invasores, como hija, como esposa, como madre. Luna creciente, llena, menguante. Diosa o mortal.

En mi familia, eso ocurrió no una ni dos, sino tres veces

Primero Zeus raptó a Ío. Cuatro generaciones después, a su tataranieta Europa. Y dos generaciones después de Europa, a su sobrina nieta Sémele, mi madre. Aunque, a decir verdad, lo de mi madre no fue típicamente un rapto. O eso creo.

Ío

Todo empieza en Argos, al noreste de la península del Peloponeso, en Grecia. Ío era sacerdotisa de Hera y vivía en el Heraión, la casa de la mujer de Zeus que por entonces era un lugar precario y sin techo en el que los campesinos resguardaban a sus vacas del frío. El Gran dios la vio, se apasionó por ella, se le apareció en un sueño. Vení a verme a mi cabaña el sábado, y hablo en serio. Asustada, ella se lo contó al padre. Confundido, el padre consultó en Delfos y en Dodona.

  • Es mi niña. ¿Qué hago?

En ambos oráculos la respuesta fue la misma. Uno lo regenteaba directamente Zeus y otro Apolo, su hijo, quien tenía demasiadas penas de amor como para preocuparse por las ajenas.

  • Mejor que vaya.

Ío caminó descalza por un bosque hasta la orilla de un lago. Zeus la esperaba ansioso, y cubrió la tierra entera con una densa niebla. Pero el encuentro fue precoz, insatisfactorio. ¿Te imaginás acostarte con un dios y que sea un fiasco?

Esa niebla repentina llamó la atención de Hera, hermana mayor y tercera mujer de Zeus. Que fue, miró, y se dispuso a vencer.

¿Cómo hago para tener a mi amante cerca, sin que mi esposa sospeche? Sabiéndose observado, Zeus creyó resolver el problema convirtiendo a Ío en vaca. Dios ingenuo.

  • Hera, mi querida esposa, te ofrendo este bello animal para tu Heraión.
  • No, no, mi amado. Ella irá a un lugar solitario, en los confines del bosque y allí, Argos, el guardián de 100 ojos que duermen de a 50 la cuidará. Día y noche.

¿Qué hago ahora? Zeus, sin resignarse, mandó a Hermes, su emisario, con una orden clara. Con su caduceo, el enviado durmió los 50 ojos despiertos de Argos. Y lo decapitó.

Hera, al ver a la vaca liberada, le ató de los cuernos un tábano que la obligaba a moverse y la atacaba con furia cada vez que se detenía. Al pobre Argos lo transformó en el pavo real, que porta los cien ojos en su plumaje.

Es por ese motivo que Ío no podía detenerse. Y anduvo sin descanso por el mundo hasta que en Egipto, a las orillas del Nilo, recobró un día su forma humana.

Volvió a acostarse con Zeus. Y esa vez parió a Épafo, rey egipcio, fundador de Menfis. Mientras tanto, las generaciones pasaban. El amante divino de la tatarabuela sería también amante de la tataranieta. La eternidad tiene sus privilegios.

Europa

La escena se traslada ahora hacia Tiro, Fenicia. La princesa Europa está juntando flores (lirios, tal vez) con sus amigas en la orilla del mar. Es lo que hacen para pasar las tardes. De pronto un toro blanco aparece de la nada y se echa a sus pies.

  • Yo no confiaría tanto

Las amigas de Europa le ruegan que no se acerque. Pero el toro es muy lindo. Y parece manso. La princesa ronda una, dos, tres veces al animal, lo acaricia. Adorna sus cuernos brillantes con guirnaldas. Y se sienta sobre su lomo.

Ahí el toro, que era en realidad Zeus, se levanta bruscamente. Corre hasta el mar. Se interna en las aguas, atraviesa las olas. Cruza hasta Creta sin atender los gritos histéricos de la princesa que hace equilibrio sobre su grupa. Se interna en la isla.

A la sombra de un plátano, Europa desciende suavemente por los bestiales muslos divinos. Zeus toma forma humana. Y asciende no tan suave por los muslos de ellas. Le da tres hijos. Arregla sus bodas con el rey local. Asterión, un buen hombre.

Pero lo importante, para nosotros, es lo que pasa en Fenicia mientras tanto. Agenor, padre de Europa, le dice a sus hijos varones:

  • salgan a buscar a su hermana y si no la encuentran no vuelvan.

Los hijos de Agenor se dispersan por el mundo. Uno de ellos es el que va a ser mi abuelo, Cadmo, que cansado de buscar va a Delfos.

  • “Tu hermana está bien, no busques más”. “Seguí una vaca blanca con manchas de luna y, allí donde se eche, fundá una ciudad”.

¿Dónde iba a encontrar Cadmo, que ni siquiera podía encontrar a mi hermana, una vaca blanca con manchas de luna? Los dioses proveen.

La vaca, perdida de un rebaño, apareció. Tenía círculos blancos, perfectos, en sus flancos. Y fue a echarse en lo que hoy es Tebas. Esta Tebas. Mi ciudad, no la egipcia. La griega.

Sin embargo, no fue tan fácil. En el lugar había un manantial que era de Ares, el dios de la guerra, un bravucón que terminó siendo mi bisabuelo materno. Y estaba vigilado por un dragón, que era su hijo.

Cadmo mató con sus propias manos al dragón, que antes había matado a sus compañeros, y lo desolló. Pero estaba solo. ¿Cómo fundar una ciudad sin gente? Mientras clavaba la piel en una encina, se le apareció Atenea.

  • Arrancale los dientes y sembralos.
  • ¿Qué?
  • No tenés nada que perder, hacelo.

De los dientes sembrados brotaron guerreros armados. Los spartoi. Tebas nació con 5 de esos spartoi que sobrevivieron, después de que Cadmo tirara una piedra entre ellos haciendo que se masacraran. Eran fuertes pero brutos.

Fundó la ciudad y se fue al exilio, Cadmo, para purificarse de la muerte del dragón. Ocho años. Volvió y se casó con Harmonía, mi abuela.

Sémele

Harmonía era hija de Afrodita y de Ares (es decir, hermana del dragón que su marido mató) que no eran marido y mujer sino amantes.

El marido de Afrodita era Hefesto. Y los dos, el amante y el marido, eran sus sobrinos nietos. Porque Afrodita nació de la espuma que hicieron los genitales de mi bisabuelo paterno Urano (el cielo) cuando mi abuelo Cronos se los cortó y los tiró al mar. 

Ares era hijo de Zeus y Hera. Y Hefesto, de Hera sola. Hermanos maternos.

De modo que mi abuela Harmonía era, en tanto hija de Ares, nieta de Zeus. Y en tanto hija de Afrodita, hija de la tía de Zeus, es decir prima de su abuelo. Pero también su suegra, porque si no yo no estaría aquí. No me voy a meter en ese lío.

Nuestra familia es así y no es la única. Hablan de nosotros porque somos los más expuestos nada más.

La cuarta hija de Cadmo y Harmonía fue mi madre, Sémele. Como a su tía abuela Europa, como a la tatarabuela de esa tía abuela, Ío, Zeus la amó. Pero no una vez, no de manera furtiva o subrepticia, no en un rapto.

El Gran Dios llegaba a la cama de mi madre cada noche. Hasta que Hera decidió intervenir. Tomó las formas de Béroe, la nodriza. Y entró, sin esfuerzo, a la mente de la amante de su marido como a una endeble casa vacía.

  • Tenés derecho a verlo como es. Hacete valer. Que venga a tu cama como va a la de su esposa. Imponete ahora, mientras tu belleza dura. Después va a ser tarde.

Mala idea. Zeus intentó, por todos los medios, hacer regresar a Sémele de ese delirio. No hubo caso.

Tener una amante joven no es fácil, ni siquiera para Dios. El hijo de Crono llegó al deseo de su bisnieta y nieta de su tía Afrodita, esa última noche, en el esplendor inabarcable de sus infinitas formas: fue a la vez vendaval, relámpago, demiurgo. Ejércitos, amantes. Alturas, abismos. Lo que genera. Lo que destruye. Todo.

Cuando las puertas de la percepción se abren ya no vuelven a cerrarse. Nadie puede ver a un dios desnudo y seguir con su vida. Como el Gran Zeus se lo había advertido, tanto fulgor destruyó a la inexperta Sémele.

Sin embargo, Yo, Dioniso, ya estaba ahí. Hacía seis meses. Mientras mamá se calcinaba, mi padre divino actuó. Tomó un cuchillo, abrió de un tajo su desmesurado muslo. Me extrajo del cuerpo materno, me injertó en el suyo, que cosió con furia. A los tres meses, con gesto prodigioso de Gran Hembra, abrió su cuerpo descomunal de macho y me alumbró.

Así llegamos, por fin, al inicio. Como mi nombre lo dice, Yo, Dioniso soy el que nació dos veces. La primera de un útero mortal, como todos acá. La segunda, como nadie, de un muslo inabarcable de varón divino.

Cargo en mí todas las formas posibles de lo bestial y lo sagrado. Soy el exceso. Lo inaprensible. Lo inconveniente. Lo ambiguo.

 

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