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GRECOLATINOS

6 de noviembre de 2026

VOS Y YO. ELLA Y ÉL. TODOS ERÓSTRATOS
La vida por un like

INCENDIARIOS SOBRAN, LO QUE FALTAN SON MARAVILLAS
Del incendio del templo de Artemis al despropósito de las redes y el nuevo imperativo categórico: "Sé viral"

¿Quién fue Eróstrato?

La historia es conocida y el nombre del protagonista ha dado lugar, en psicología, a la identificación de un síndrome.

Eróstrato era, en el siglo IV AC, un simple pastor de Éfeso, ciudad jonia del Asia menor, hoy en la costa oeste de Anatolia, en el lado turco del Egeo. O, precisando más los términos, un pastor cuya vida se presume simple, como la de todos los de su condición por entonces, pero su ambición de notoriedad resultaba desmedida.

El hombre estaba empeñado en hacer algo extraordinario a fin de no ser olvidado y trascender los siglos. Podemos imaginarlo, en el tedio de su vida rutinaria, pensando ¿qué? Sin la capacidad atlética de un Leónidas, sin el talento artístico de un Fidias ni de un Sófocles, sin la capacidad retórica de un Gorgias ni el poder de convicción de un Sócrates, perteneciendo a la clase inferior del cuerpo social y careciendo de parientes de prosapia, las opciones a su alcance no eran muchas. No obstante, si hoy, dos mil trescientos cincuenta años después, estamos hablando de él, evidentemente lo logró. ¿Qué hizo?

Un templo, una oportunidad 

A la distancia, parece simple. O construyes o destruyes. Si tus opciones para crear algo que quede, por siempre, en la memoria de los hombres tienden a ser nulas, enfócate en destruir. Y que ninguna inhibición estética, política ni moral detenga tus ansias.

El gran orgullo de Éfeso, la ciudad en la que vivía Eróstrato, era el templo de Artemis. Una de las siete maravillas, hacia la que peregrinaba gente de todo el mundo conocido. Su construcción había sido ordenada, doscientos años antes, por el legendario rey Creso. El mismo que, al recibir la visita del sabio legislador ateniense Solón, había presumido de ser el hombre más rico y, como tal, pretendía que se lo reconociera como el más feliz. Y que, por su mala interpretación de un oráculo, terminaría su vida como esclavo de Ciro el Grande, en Persia.[1]

Era un templo enorme y fastuoso, con columnas jónicas labradas que rodeaban el patio. Estaba construido con mármol de la región y con cedro importado del Líbano. La imagen de la diosa virgen, en el centro, era descomunal. Y, según puede adivinarse, conmovedora.

Siguiendo la traslación que los calendarios permiten, la noche del 21 de julio del año 356 AC, Eróstrato se acercó al lugar. Si Prometeo había robado el fuego del Olimpo para obsequiárselo a los hombres, él iba a devolverle a Artemis parte de ese obsequio. Dirigió las llamas hacia el techo de cedro. La noche de Éfeso se iluminó. El techo del gran templo se desmoronó y arrastró muros y columnas. De pronto, una de las mayores maravillas del mundo antiguo no fue más que un triste montón de ruinas. Él se quedó ahí, observando su obra. Fue aprehendido. Era parte del plan.

La fama cuesta

Bajo una cruel y sistemática tortura, Eróstrato confesó. Nada personal, su único fin era ser famoso y no tenía otra forma. Fue ejecutado y, a resultas de esa confesión, se prohibió, bajo pena de muerte, toda mención de su nombre.

Era la primera vez que se hacía. Luego, los romanos institucionalizaron esta prohibición de memoria, sin límite temporal, llamándola damnatio memoriae. Se intentaba, con su imposición, evitar que la acción repudiable del castigado sirviera de ejemplo o impulso para otras personas. Pero la historia perduró y, treinta y dos años después (-324) el historiador griego Teopompo de Quíos, no sujeto a las leyes de Éfeso, la contó en sus “Filípicas” (libros VIII y IX, "Las maravillas").

Trescientos cincuenta años después de Teopompo, también lo haría Estrabón ("Geografías", XIV, I, 22; aprox 17 DC) Y tras él, sucesivamente, Valerio Máximo ("Hechos y dichos memorables", VIII; 14; 31 DC), Luciano de Samósata ("Sobre la muerte de Peregrino", 22; aprox. 172 DC), Claudio Eliano ("Historias curiosas", XIV, 32; 220 DC) y Solino ("Polyhistor", XL,3; aprox. 255 DC), Aunque también hubo autores fundamentales, como Cicerón y Plutarco, que prefirieron honrar la prohibición efesia. Y callaron.

Versiones y rumores

Tal es el relato “oficial”, publicado treinta y dos años después de los hechos, como hemos dicho, y con primera reiteración, en Estrabón, a una distancia de más de tres siglos. Pero hay otras versiones, que es necesario mencionar.

  1. Respecto a la causa

Apenas dieciséis años después del incendio, el gran filósofo Aristóteles (en sus “Meteorológicas”, Libro III, I, 371b, del año 340 AC) afirmó que el templo de Artemis no habría ardido por voluntad humana sino por la acción destructiva de un rayo.

Esta desmentida de la historia del hombre que busca fama, dada la legitimidad de palabra de su autor, el carácter científico de sus argumentos (basados en la dirección de la expansión del fuego) y la cercanía temporal, resulta interesante. Pero aun así, no interesó. Estrabón eligió la versión del antihéroe. Y la versión del antihéroe se impuso. Los demás, son rumores, teorías alternativas, habladurías, conjeturas.

  1. Respecto a la autoría

Una posibilidad que supo tener sus seguidores es la de que el incendio hubiera sido obra de los mismos sacerdotes emasculados de Diana (nombre romano de Artemis) en Éfeso. ¿Para qué? Para generar dinero: conseguir donativos a fin de la construcción de un nuevo templo y gestionarlos.

En este planteo, Eróstrato habría sido simplemente alguien que se acercó a observar las llamas (como Simón de Cirene, que se acercó a observar el Vía Crucis y terminó obligado, por los soldados romanos, a cargar la cruz de Jesús hasta el Gólgota) y que una vez aprehendido, se hizo cargo de la acción y de los motivos que le fueron impuestos, al único fin de hacer cesar la tortura. Ya basta.

El templo se reconstruyó, aún más grande y todavía más fastuoso, treinta años después, con dinero recaudado entre los propios efesios y donado por sus ciudades aliadas. Las mujeres vendieron sus joyas; los hombres, sus bienes.

En el periodo intermedio, Alejando Magno había ofrecido solventar todos los gastos, a condición de aparecer en la inscripción de dedicación, con la que se consagrara la edificación reconstruida. Como Eróstrato, el hijo de Filipo también ambicionaba la posteridad; a diferencia de aquel, su condición de conquistador le ofrecía ciertas opciones menos deshonrosas para alcanzarla.

Sin embargo, dispuestos a conservar para sí mismos la autoridad sobre el santuario, los efesios rechazaron diplomáticamente la oferta: “no es decoroso que un dios dedique templos a otros dioses”, le contestaron.

  1. Respecto al fin

Por último, hay quienes dan verosimilitud a la conjetura de que Eróstrato sí habría sido el autor del incendio, pero defienden la idea de que la finalidad de su acción no habría sido el afán de notoriedad sino el deseo de venganza. Según ellos, el pastor devenido pirómano habría intentado previamente ingresar a la orden de los sacerdotes emasculados de la diosa virgen, encontrándose con un cerrado rechazo a esa pretensión. Y no reaccionó bien.

Vos y yo. Ella y él

Regresemos, ahora, a la versión “oficial” de la historia. A grandes rasgos, en términos psicológicos el síndrome de Eróstrato refiere a las personas que orientan sus conductas a la búsqueda de notoriedad o “fama”, con prescindencia de toda evaluación de los medios que deban utilizar para alcanzarla y de las consecuencias que pudieran derivar de esa utilización.

En la realidad mediada por la que transitamos a partir de la omnisciencia de las redes sociales, la cuestión bien podría plantearse en términos de “popularidad” o de “viralización”. ¿Qué puedo hacer para obtener más likes, más followers, más vistas, más suscriptores?  

De aquel imperativo categórico enunciado por Kant en “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” en 1785, “obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal”, hemos caído hacia otro que ya no se inscribe en los modos de la conducta sino que prescinde de toda consideración sobre ellos, en tanto sean útiles al objetivo de popularidad, notoriedad o “fama” instaurado como sentido único de la existencia en plural, ya no colectiva y cada vez menos común: “sé viral”.

La vida, en tiempos de redes sociales, es una puesta en escena. Y en el escenario hay miles, millones, inmolándose al ridículo, a la desvergüenza, a la descalificación, a la oquedad, para ser notados. Lo peor es que ya no se trata de perseguir un nombre que perdure. Se trata, simplemente, de que me noten hoy, ahora, aunque mañana me olviden y, con el próximo reel, con la próxima story, todo vuelva a empezar.

Vos y yo, ella y él, salimos cada día a buscar templos de Artemis, con un bidón de nafta y un fósforo. Al principio era divertido, ahora es patético. Y peligroso.

Porque, al menos, Eróstrato, sabía bien que la maravilla era el templo y precisamente por su magnificencia lo eligió. Destruir lo que nada vale, vale nada. Pero en su oscura transparencia, las redes tienden a hacernos creer que las maravillas somos nosotros.

Y, en la falacia de esa absurda distorsión autocomplaciente, a un paso estamos, por un like, un follower, una vista, un suscriptor más, de mirar a la cámara, con el mejor de nuestros gestos idiotas, y prendernos fuego.   

 

[1] La historia la cuenta Heródoto en sus Historias, Libro I, 29-33. “No puedo decir que eres feliz hasta que no sepa cómo será tu final”, le habría dicho el sabio ateniense al rey lidio. “La vida, como todas las cosas por lo demás, se juzga una vez terminada”. Ofendido por esta respuesta Creso lo expulsó de su corte.

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