FUERA DE LA BIBLIOTECA
27 de octubre de 2026
UNA PEQUEÑA CRÓNICA DE VIAJE: CRETA
Un texto de Silvio González
CRETA, LA ISLA QUE OCULTÓ A ZEUS
¿Por qué viajo? ¿Qué me trajo hasta acá? ¿Por qué me interpela este lugar? Cuando viajamos, hurgamos como quien quiere rescatar o descubrir objetos, datos, perlas
1. El mar, los mitos y la memoria
Viajamos desde las islas Cícladas, círculo alrededor de la sagrada isla de Delos. Alucinado por la insensata belleza del mar Egeo, abrumado por sus colores. La inefable y reveladora refracción de la luz, el golpe con las rocas volcánicas me devuelve un naufragio en el caudal místico de voces que surcan estas aguas. Este cielo, desde la edad de bronce, destellos inauditos que despiertan, en un sencillo tipo de barrio proveniente de la cuenca del rio de la plata, la conciencia de la desmesura.
¿Por qué viajo? ¿Qué me trajo hasta acá? ¿Por qué me interpela este lugar? Cuando viajamos, hurgamos como quien quiere rescatar o descubrir objetos, datos, perlas a la sombra de los arqueólogos. Nos consume esa ilusión incontinente y ávida de aspirar a ser historiadores, artistas, cocineros, geógrafos del lugar, filósofos de fanzine y cafetería. Presumimos de nuestras aficiones, empeñados en la curiosidad.
Viajamos sembrados de textos, felices tal vez, inadecuados muchas otras y un bagaje de googleos infinitos.
Viajamos heridos, solos, deshonrados por tanto no saber; asombrados ante la imposibilidad de amar y asir los hechos esenciales, las imágenes deslumbrantes, las situaciones enterradas en el olvido, los seres inabarcables, desconocidos.
Viajamos con apuntes precarios y a la buena de Dios.
¿Para qué viajamos? Caminamos con las preguntas en el zapato, con la piedrita de la duda, por esta tierra fundacional que es Grecia, en medio del torrencial tráfico de mitología que nos ofrece tantos pasamanos en este devenir. Ese dado que busca sentido; esos mitos que legislaron nuestra ascendencia; esas reglas que mutaron en tablas, guiones, manifiestos y constituciones.
Viajamos para contemplar la sensual plenitud de la belleza, no para encontrar una llave, sino para despuntar íntimas convicciones y, sin astucia, afinar el trazo futuro de nuestra remanida conciencia.
Viajamos para llevarnos por delante la pared, para sentir a nuestro modo lo que otros sienten o no sienten.
¿Viajamos para vaciar el cenicero del año? ¿Para aumentar el alcohol en sangre, casi el mismo que nos vende el almacén de la esquina de casa?
Estamos por bajar del ferry. Revuelvo en mi niñez, entre unos dibujos hechos en las hojas de un block Miguel Ángel, y pienso en el relato que los inspiró. Rea, hija de Urano —el cielo— y Gea —la tierra—, huye embarazada para evitar que Crono, padre del niño que espera, lo devore. Busca remotos confines donde esconderse y dar a luz una esperanza, un ser divino. Se refugia en la cueva de un monte, Dikte o Ida, según las distintas versiones. Luego, Rea regresa y entrega a Crono una piedra envuelta en telas o pañales, simulando el fruto de su vientre.
La piedra, llamada ónfalo, terminaría asociada a Delfos, el ombligo del mundo. Crono se la traga sin más. Rea dejó al bebé —el sexto— al cuidado de los curetes, espíritus protectores que golpeaban sus escudos para ocultar el llanto del niño y evitar que Crono lo encontrara. Una cabra lo amamantaba. En las entrañas de una tierra lejana y encantada comenzaba a latir la vida de Zeus, el más grande de los dioses griegos. Cielo, trueno y rayo se fundirían más tarde en un ser gestado entre el coraje y la templanza. Lo terrenal y lo celestial daban inicio a una de las grandes vertientes de la narrativa occidental, en esta inmensa isla de Creta
Primera parte del viaje: nos hospedamos en Heraklion, capital de Creta. Irákleio, Heracles —Hércules—, mi ídolo de la infancia: el héroe que dibujaba en la primaria, en aquel mismo block, y que alternaba con los personajes de Titanes en el Ring o con Or-Grund, el de las historietas. El Heracles de los doce trabajos, el que derrotó a los gigantes en Mykonos. Una hazaña que presencié con toda mi fe mientras recorría la isla en un autito alquilado.
2. Mátala: una playa, muchas vidas
Al día siguiente salimos temprano hacia Mátala, al sur de la isla. Viaje de algo más de una hora de auto, nos detuvimos antes en Festos (Phaistos), uno de los grandes centros palaciales minoicos, cuyos primeros edificios se remontan aproximadamente al 1900 a. C. Allí se encontró el disco de Festos, hoy conservado en el Museo Arqueológico de Heraclión: un disco de arcilla con símbolos impresos en ambas caras que todavía no han podido descifrarse.
La dimensión de la cultura minoica, la llegada de los micénicos y el devenir de aquellas sociedades nos ofrecen un motivo para detenernos antes de seguir camino: allí asoman las fuerzas de la historia, la lucha por sobrevivir, trascender y dejar un legado.
Una lección sobre la existencia del otro, de lo otro: la Edad del Bronce servida en nuestra mesa como un extraordinario plato de conocimiento.
Mátala es más que una playa: es un fresco, un museo al aire libre, un viaje insospechado que se descubre capa por capa, durante una cerveza, en el mar o, como nosotros, mientras tomamos unos mates. Al trepar y entrar en las cuevas excavadas en el acantilado, las imágenes ganan valor: esperan que las habites, que las resignifiques.
Zeus, transformado en un hermoso y sensual toro blanco, se acerca a Europa, hija de Agenor, rey de Tiro, en Fenicia. Atraída y fascinada, ella monta sobre el toro. Este echa a correr, se sumerge en el mar y nada hasta Creta. Aquí, según el relato mítico, Zeus emerge y luego recupera su forma y se une a la princesa fenicia bajo un plátano sagrado, cerca de Gortina. De esa unión nacen Minos, Radamantis y Sarpedón. El mito vincula así el origen de Europa con el rapto y el deseo de un dios. En esta tierra, Europa pisa por primera vez Europa.
Los arqueólogos sostienen que algunas de estas cuevas ya se utilizaban en tiempos prehistóricos. Excavadas en la arenisca, en la cara del acantilado que mira al mar, parecen contemplar y vigilar la playa. Durante la época romana fueron utilizadas como sepulturas, en una necrópolis excavada en la roca. Más tarde, según distintas interpretaciones, también habrían servido como refugio y espacio de culto para comunidades cristianas.
En 1941, cuando Alemania invadió Creta, la isla adquirió una importancia estratégica para el control del Mediterráneo oriental. Las cuevas también se incorporaron a ese paisaje de guerra: fueron utilizadas como refugios y espacios de apoyo militar. A fines de los años cincuenta, jóvenes locales y viajeros europeos que buscaban otras formas de vida comenzaron a redescubrir el lugar. A fines de los sesenta, Mátala se convirtió en uno de los escenarios de la contracultura: las cuevas sirvieron de refugio, dormitorio y espacio de encuentro. Por un momento, la vida en comunidad pareció posible.
En 1970 llega Joni Mitchell, acompañada por su amiga Penélope. Algunos han relacionado su viaje con la ruptura sentimental que atravesaba entonces con Graham Nash. En Mátala conoce a Cary Raditz, un joven estadounidense que había llegado atraído por aquella ola del flower power. Cary llevaba un bastón de pastor y trabajaba como cocinero en un precario bar. Según contó Mitchell, su cocina improvisada terminó en una explosión que le chamuscó parte de la barba y las piernas.
En Mátala, Joni escribió «Carey», canción que llevaría aquella experiencia a su álbum Blue. El nombre de la canción lleva una e que no corresponde al nombre de Cary Raditz: fue un error de escritura reconocido por la propia Mitchell. Después, Joni regresó a su vida en Estados Unidos.
La comunidad hippie fue perdiendo espacio en Mátala, entre el rechazo de sectores conservadores, las tensiones con las autoridades y la presión de la dictadura griega. Muchos jóvenes se dispersaron por otras playas. El Mermaid Café, inmortalizado por la canción, quedó ligado a la memoria del lugar.
Estamos a orillas del mar de Libia. Apenas corre una brisa caliente. Se terminó el mate y vamos por una cerveza al Mermaid Café que, aunque lleva el mismo nombre, es otro café. Miramos por última vez aquel mural y sin montar ningún simulacro, brindamos con alegría.
3. El laberinto y la memoria
Al día siguiente, a pocos kilómetros, visitamos el palacio de Cnosos. No voy a extenderme con el mito del Minotauro —ya fue bastante—; búsquenlo. Pero quiero decirles que sabiendo lo que hizo el tal Arthur Evans después de comprar definitivamente el lugar en 1900, metiendo mano junto a esos arquitectos, artistas y demás de la manera que lo hizo, cuestionado por el uso del irreversible hormigón armado y armado de una perspectiva histórica livianamente conjetural y ambiciones sólidamente victorianas.
Pude entrar con una suerte de sereno y falso perdón como salvoconducto, consciente de que aquello había sido obviamente re versionado. Ingresé, con el hilo de Ariadna, en una arquitectura del encierro: un palacio de ruinas, con sus galerías y habitaciones. Cerré los ojos e intenté oír al animal mitad toro y mitad hombre, hijo de Pasífae y Minos, que devoraba a los jóvenes atenienses. Pensé entonces en esa otra forma de encierro que también nos habita, esa locura que nos obliga a detenernos y a pensar mientras descansamos de las fotografías.
Escribía Borges en “La casa de Asterión": “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo”, hay allí un animal inocente —¿por qué no suponerlo?— esperando a su verdugo liberador “Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?” y después de haberle dado muerte: “. ¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió” Hay una magnánima intimidad en este mito, en la intuición de las formas que se despliegan como una arquitectura soterrada, un lenguaje mitad hombre…
De regreso, pasamos por Archanes, un bello pueblo, y terminamos la tarde en las playas de Karteros y Amnisos. Caminamos por las murallas venecianas y nos despedimos de Heraklion cenando pescado en Peskesi, un restaurante instalado en una antigua casa veneciana. A la mañana siguiente, desayunamos café y bougatsas en Phyllosophies, frente a la fuente de los Leones, que antiguamente abastecía de agua potable a la ciudad. Después dejamos la hermosa e inolvidable ciudad que lleva el nombre de mi héroe.
4. El paisaje, la historia y la hospitalidad
Segunda parte: Viajamos hacia Chania, La Canea en su denominación tradicional española.
Hicimos una breve parada en la bahía de Bali y luego en la bellísima Rethymno, puerto, playa, soberbio casco histórico veneciano-otomano, mansiones venecianas robustas, mantenidas y exhibidas con deslumbrante cuidado en alojamientos, hoteles remodelados, restaurantes, magnificas calles empedradas que parecen extensos patios y tiendas pintorescas bajo la típica vegetación griega, esos claroscuros que filtran a través de parras, hiedras, imponentes santa ritas, glicinas o sombras que se recuestan sobre grandes macetones con olivos.
Pasamos cerca del monasterio de Arkadi. Durante la sublevación cretense contra el Imperio otomano, en noviembre de 1866, más de setecientos de civiles y combatientes se refugiaron allí. Cuando la derrota se volvió inevitable, los sitiados hicieron estallar el polvorín. El episodio convirtió a Arkadi en un símbolo de la lucha por la libertad del pueblo cretense.
Al llegar a Chania, nos desviamos antes de alojarnos para visitar la playa de Stavros, aquella postal que nos devuelve a Zorba el griego. La novela de Nikos Kazantzakis, la música de Mikis Theodorakis y la interpretación de Anthony Quinn dieron vida a una historia entrañable, que con sobria elegancia desliza una verdad que hacemos nuestra y con una inolvidable escalada de energía en las cuerdas del buzuki nos enseñaron cómo se baila sobre el fracaso.
Al día siguiente nos dedicamos a Balos, una laguna de aguas cristalinas y turquesas, muy poco profundas. Su belleza se multiplica al contemplarla desde lo alto, después de subir por un sendero que recorre la ladera. Una lengua de arena divide la laguna; más allá, otra franja de playa nos conduce al mar abierto, donde el viento y la fuerza de las olas contrastan con la calma del paisaje interior.
Después conocimos la playa de Falasarna, junto a las ruinas de una antigua ciudad portuaria que tuvo importancia estratégica en el Mediterráneo. Hoy, sin duda, es una de las playas más hermosas de Creta. Al descender hacia la costa, sorprende la presencia de grandes invernaderos donde se cultivan tomates y pepinos.
Visitamos el ancestral olivo de Vouves, que sigue dando aceitunas después de siglos de vida para no repetir un incomprobable cuatro mil años. Contemplar los olivares de Creta es como mirar una gigantografía —palabra nunca mejor empleada— o descubrirlos detrás de una geografía infinita de planos, líneas de quiebre y umbrales que exigen una mirada abismada.
Como un Quijote en pleno trance, uno siente que los olivares llegan por los flancos desprotegidos. Entonces aparece el silencio y la intuición de que ellos son el telón de fondo y también quienes cerrarán la función.
El último día completo fuimos a la playa de Elafonisi. Ya casi sin yerba, disfrutamos los últimos mates y nos despedimos de Creta en esta playa fabulosa: aguas claras, turquesas, atravesadas por los resplandores de la arena rosada. Hay sectores poco profundos y tranquilos, y otros abiertos al mar. Al fondo, las montañas y los cedros completan un paisaje casi celestial. Pero este paisaje guarda también una memoria trágica.
En 1824, durante la guerra de independencia griega, refugiados que esperaban escapar hacia las islas Jónicas fueron descubiertos por las tropas otomanas. Según el relato histórico que se conserva, un caballo que cruzó las aguas poco profundas habría revelado su escondite. Muchos fueron asesinados y otros vendidos como esclavos. El episodio se recuerda como la masacre de Elafonisi.
Creta es un destino necesario para quien quiera recorrer las distintas capas de la historia. Minoica, micénica, dórica, helenística y romana; bizantina, veneciana, otomana. En 1898 obtuvo su autonomía y en 1913 se incorporó al Estado griego moderno. En 1941, durante la batalla de Creta, sus habitantes resistieron la invasión alemana y les hicieron pagaron un alto precio antes de caer. Basta recordar el desembarco de paracaidistas nazis en Máleme. Una identidad profunda les permitió sostenerse frente a sucesivas dominaciones y adversidades.
Creta son sus Montañas Blancas y sus cuevas, Zeus, es Minos, el laberinto, el minotauro, el ingenio de Dédalo —no olvidemos la vaca de madera ni las alas unidas con cera— y la soberbia de su hijo Ícaro, es Festos y sus jeroglíficos por descifrar y el lineal A, ese eslabón que todavía nos falta comprender, es Ariadna y el hilo, Teseo olvidando cambiar sus velas negras, es la Europa primera, es la Talasocracia Minoica, dueños del mar, son sus palacios como centros de organización, son sus frescos: taurokathapsia, es el culto a Deméter y Perséfone, es Dionisio hijo de Zeus, son sus luchas, sus mil kilómetros de costa patrullados por un surrealista gigante de metal: Talos (regalo de Zeus a Europa antes de abandonarla según versiones)
Creta es su gente amable como Sophia que al parar a tomar un café en el pequeño bar de un pueblito llamado Petrokefali, nos cocinó unas rosquitas con queso y miel, nos sirvió sandía y una especie de masa frita con nutella y almendras, toda su hospitalidad refleja ese pulso griego de dar y compartir, fue conmovedora su mirada, su sonrisa pura y libre de razones.
El rostro de Sophia —sabiduría, en griego— me recordó a una deidad que no sabría nombrar. Un saber esencial que me habita, una presencia que se dispone y comulga conmigo. Tal vez me pareció reconocer en ella algo de lo que Platón llamó anamnesis, la reminiscencia: la intuición de que conocer es, en parte, recordar algo que nos precede, algo que no alcanzamos a explicar del todo, pero cuya existencia presentimos.
Tal vez vuelve en circunstancias insospechadas: en la mirada de una mujer desconocida, en un gesto de hospitalidad, en el rumor de un bandoneón. Un fuelle que sostiene la vida en un hilo expectante, un puente tendido entre lo que somos y aquello que, sin saberlo, seguimos recordando. Como aquella vez —o tantas veces, ya no sé— en que escuchaba junto a mi viejo en el teatro Fundación de Rosario el valsecito «Desde el alma», en la interpretación de Pugliese. Y algo de ese misterio, que ahora encuentro en Creta, vuelve a sonar.
Creta vive en sus infinitos olivos, en su aceite, su miel con tomillo, su queso graviera, la carne de cordero, los caracoles fritos, el dakos, el vasito de raki compartido, el vino tinto de kotsifali, sus pescados y sus mares distintos. Vive en Homero y Hesíodo, en Kazantzakis, en la tierra donde nació El Greco; en sus monasterios, en la elegancia veneciana, en las cicatrices de la guerra y en sus partisanos. Pero, ante todo, vive en un lugar que te recibe con los brazos abiertos y se muestra tal como es.
Hay que dejarse llevar. Como decía el maestro Mountakis: «La lira cretense no acompaña, conduce». Guía la melodía, marca el paso de la danza y conduce las emociones. La oímos y la oiremos durante todo el viaje.
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