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APUNTES FILOSOFICOS

25 de octubre de 2026

EL MUNDO COMO VOLUNTAD Y REPRESENTACIÓN
Un texto de Tomás Abraham

PENSAR LO ABERRANTE
Historia y supervivencia del occidente blanco. Nuevas formas del neoantisemitismo. Humanoides y mutación de la especie

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Abundan los libros que se publican sobre la guerra en Medio Oriente y hay un creciente interés en hacer circular bibliografía sobre la cuestión árabe. Se trata de un problema incentivado esta vez por la solidaridad mundial con los palestinos que abarca tanto las posiciones de países centrales como lo son los principales de Europa, las manifestaciones en las universidades, rituales y procesos de mimetización entre los jóvenes, las declaraciones de actores y actrices en los festivales de cine, en los congresos de literatura, como los mensajes de apoyo en innumerables videos en las redes, además de la condena casi unánime del estado de Israel. La cuestión árabe no se reduce a seguir la coyuntura sino a disipar la nube de ignorancia que tenemos los occidentales sobre una región del mundo que no sólo aporta energía a los países industrializados sino procede de una civilización milenaria como la persa de la que por lo general sabemos poco y nada sino un cúmulo de prejuicios.

A mis recientes autores y a lecturas sobre la historia árabe, y también la historia judía según Salo Baron y Oded Balaban, el primero contra lo que denomina la versión lacrimógena de la historia judía subrayando su producción en todos los ámbitos de la cultura, la economía, la diplomacia, la ciencia, y la inteligencia de su inserción en un mundo que le era hostil pero con el que logró negociar tanto su supervivencia como el hacerse necesario para consolidar el poder de los amos de este mundo, y el segundo por una historia de Moisés que nada tiene que ver con el legado tradicional y la leyenda bíblica; le sumo las investigaciones del historiador israelí Ilan Pappé sobre las masacres perpetradas en los primeros tiempos de la constitución del estado de Israel por el sionismo militar y la historia de la Nakba, la catástrofe como llaman los palestinos a su expulsión de sus tierras, la destrucción de sus viviendas, y los asesinatos de la población civil; los libros del historiador israelí Avi Shlaim sobre las peripecias y la segregación que sufrieron los judíos árabes en Israel de parte de los judíos europeos, además de estos académicos judíos de Israel que analizan con sentido crítico la política y la historia de su lugar de procedencia y de su comunidad de origen, leo a un interesante ensayista de otra cultura, la hindú, me refiero a Pansaj Mishra.

En su último libro “The world after Gaza” – un título que todo ensayista gustaría patentar – da un ejemplo de lo que llamo “neoantisemitismo”. Mishra nada entre distintas corrientes y el cruce que se propone hacer no está exento de ciertas dificultades. Traza un paralelo entre la tendencia hacia un tipo de autoritarismo en la política de la India de Narendra Modi y el gobierno de Netanyahu, sus modos de gobernar, la política de segregación y la violencia perpetrada contra musulmanes por un lado y palestinos por el otro, las justificaciones ideológicas para consolidar su poder invocando textos y leyendas sacras, una conexión que le interesa resaltar para reforzar sus argumentos, y, por otra parte, y ya más circunscripta su idea a la realidad del conflicto actual en Israel, oscila entre el reconocimiento de las limitaciones que tenía el pueblo judío en la inmediata posguerra después de Auschwitz, su condición de paria en el mundo Occidental, el no tener un lugar en el que pudieran radicarse los sobrevivientes, el deambular sin destino ante el rechazo de los aliados, los cupos de aceptación de los país vencedores de la contienda, Mishra admite la realidad histórica de los judíos luego de la Shoah y que Palestina fuera el único lugar en la tierra en donde los judíos pudieran desarrollarse como comunidad histórica luego de que se intentara hacerlo desaparecer para siempre, y, sin abandonar este encuadre epocal, avanza una tesis que sin ser necesariamente totalmente novedosa, por el modo en que lo enuncia no deja de sorprender.

Nos habla de un proceso lento e irreversible de la historia que se inicia en el siglo XVI y se acelera en el XIX, de la dominación del planeta por la raza blanca. Nos entrega una concepción racial y hasta racista de la historia que es a la vez una versión clasista de la dominación del hombre blanco sobre las poblaciones no blancas que son, sin abundar en la paleta epidérmica, para llamarla de un modo artístico, los hombres amarillos, negros, rojos, marrones o de cualquier otro color o tonalidad. Mishra se ha interesado en otros ensayos sobre los procesos de colonización, y considera que el movimiento de rebeldía y emancipación de los pueblos sojuzgados eclosionó en el siglo XX, acelerándose en la segunda posguerra, para mostrarse en una nueva etapa en el milenio que se inicia. Desde esta perspectiva considera que la Declaración Balfour de 1919 que reconoce el derecho de los judíos a radicarse en Palestina y da legitimidad política a la doctrina sionista se inscribe en el proceso colonizador del Imperio Británico ante la disolución del poder otomano, pero lo hace como una fase más de la avanzada territorial del hombre blanco, o “caucásico” como se lo denominó en el siglo XIX, en el planeta. Por lo que de un modo axiomático y como corolario del mismo, Israel ya no es una cuña del imperialismo yanqui como estipulaba tradicionalmente la izquierda, sino un tapón racista del dominio de los blancos en el mundo mediante el sojuzgamiento y la exterminación de las poblaciones nativas. Esta tesis es la que considero que aporta una nueva argumentación antisemita que me hace llamarla neoantisemitismo.

Los judíos ya no son estigmatizados por haber asesinado al dios de los cristianos, por dominar el mundo mediante la usura, por constituir una secta maldita infiltrada por los poros de la civilización occidental, sino por ser una avanzada que con el nombre de sionismo es parte integrante de la dominación blanca en el planeta. Este relato es otra versión del neoantisemtismo de nuestros días.

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Nuestra realidad geopolítica es la de India y China con sus tres mil millones de habitantes, las estimaciones que para el año 2100 se calcula un cuarenta por ciento de la población mundial de raza negra, la infiltración creciente de inmigrantes y refugiados del continente africano y asiático a los países de Europa, la nueva balanza del poder que inclina hacia del este las relaciones de fuerza políticas y el poder económico, las crisis políticas cada vez de mayor intensidad del modelo de la democracia parlamentaria y representativa basada en partidos políticos hoy en día en vías de desaparición, estos factores entre otros da una señal de que algo cambia en el mundo, y este cambio tiene que ver con el fin de un dominio secular de las potencias occidentales que alarma a quienes identifican a Occidente con valores morales universales.

Esta decadencia de Occidente tiene pregoneros de larga data, en especial de parte de historiadores del siglo pasado cuyo vaticinios y teorías seducían por sus anuncios proféticos, elaborando modelos por el que la historia de las civilizaciones atravesaba fases cuasi biológicas desde su nacimiento a su agonía y desaparición Este tono crepuscular vuelve a resurgir en este momento en otro contexto. Aquel pesimismo historiográfico fue el resultado de los efectos culturales provocados por la primera guerra mundial que daba por terminada la belle époque y las ilusiones de orden y progreso de la felicidad positivista y de la armonía propiciada por el utilitarismo, las dos ideologías de las potencias colonialistas europeas. Sin embargo, pensadores como Spengler, Jünger y Toynbee, cada uno de otro modo, aún albergaban esperanzas para una salida decorosa o esperanzadora de la civilización occidental. Ya fuere por la democracia parlamentaria renovada, un aristocratismo conservador cesarista, o una sociedad en la que el soldado y el trabajador formarían una nueva falange sólida como el acero, existían salidas posibles para el proceso de crisis del modelo nacido en Grecia, reforzado en Roma, expandido por la Iglesia Católica, revolucionado por la ciencia, universalizado por la Ilustración, potenciado por la técnica, el largo camino que hoy se etiqueta como la larga marcha del hombre blanco.

El historiador anarquista (como se define a sí mismo) David Graeber en sus escritos sobre el concepto de Occidente propone pensar la tradición occidental en otros términos como el de la industrialización, la racionalidad burocrática, el nacionalismo, las teorías raciales, una tendencia incontrolable hacia la expansión geográfica, cuyo punto de culminación fue el Tercer Reich.

Basándose en Michel- Rolph Trouillot se refiere al Sistema Atlántico Norte, sistema que suplantó al sistema económico político del Mediterráneo y a las sociedades cosmopolitas del Índico, un Sistema Mundo que, afirma, se edificó sobre catástrofes humanas de alcance poco imaginable, la destrucción de civilizaciones enteras, la esclavitud masiva, la muerte de millones de personas.

Graeber recuerda además que hasta el siglo XVI el primer mundo estaba situado en Eurasia, con centros neurálgicos en la India y en la China, que entre ambos conformaban la mayor parte del PBI mundial, sin olvidar que siglos atrás el Islam albergaba culturas que constituían el primer mundo desde Bagdad y Damasco a Córdoba en el al Andalús, frente a una Europa bárbara.

El mismo autor señala en contraposición a las teorías culturalistas de Samuel Huntington basada en el choque de civilizaciones, a las afirmaciones del politólogo que adjudica a Occidente su aporte exclusivo en materia de democracia, participación, valores de igualdad y libertad fundamentados en sus pensadores y filósofos, Graeber le recuerda que en estos rubros debería recordar que tanto Benjamin Franklin como James Madison, se inspiraron en los iroqueses y su confederación de seis naciones para elaborar la Constitución de los EE.UU. Subraya asimismo que lejos estuvieron en Occidente, en Francia, Reino Unido, o en los mismos colonos norteamericanos, de alabar a la democracia por más recuerdos atenienses que invocaran, ya que la democracia siempre les pareció una invitación al caos y el desgobierno de las multitudes.

La democracia como fenómeno político siempre fue sospechada por ser prenda fácil de demagogos, caudillos y sublevaciones populares, por eso la invocación a la República como ícono de equilibrio, de participación proporcional entre las elites y la masa, de instituciones como las vigentes en la Roma senatorial y militar. Para rematar su historiografía provocadora, el ensayista anarquista sostiene que el modelo de democracia directa y participación general no se basó en las asambleas atenienses de la antigua Grecia sino en el modo en que se autogestionaban piratas y corsarios en sus incursiones marítimas.

Me preguntaba la causa por la que el poder económico viró de Oriente a Occidente, y a qué se debió ese triunfo de un tipo de civilización sobre otra, además, de en qué momento ocurrió. Hay cierto consenso en que es a partir del siglo XVIII que el peso mundial de la China y de la India se ve opacado por un capitalismo mercantil que se convierte en industrial.

A ese momento de traslado del eje del poder se le llama La Gran Divergencia, e historiadores prestigiosos como Kenneth Pomeranz lo atribuyen al uso de parte de Inglaterra del carbón mineral, que liberará tierras y bosques que tenía el destino de aportar energía mediante la madera y el carbón vegetal, para destinarlo al cultivo de cereales y vegetales para alimentar poblaciones que se trasladan del campo a la ciudad.

Límite ecológico extendido por la colonización que se apropia de nuevas tierras de cultivo como el destinado al tabaco, el algodón, el azúcar, el café, lo que Pomeranz llama “Ghost Acres”. Hay quienes recuerdan que tabaco, azúcar, café, son productos adictivos que impelen a un consumo creciente y a una oferta siempre en aumento. Hay otros historiadores que consideran insuficiente la tesis de Pomeranz porque soslaya el poder militar de los estados europeos y sus correspondientes compañías asociadas que mediante la represión y la esclavitud se asociaron para asegurarse de la provisión de materias primas. Sin olvidar la importancia de los lingotes de plata que el imperio español proveyó con anterioridad para el impulso del comercio. Supongamos entonces que desde el siglo XVI comienza lo que Mishra denomina el poder del hombre de raza blanca sobre el resto de la humanidad, sojuzgando a los pueblos nativos, exterminando poblaciones, arrasando civilizaciones, explotando a sus gentes y extrayendo sus riquezas, esclavizando a millones, inoculando por contagio virus a los habitantes locales con letalidad cuasigenocida, imponiendo sus creencias a sangre y fuego, dominando el planeta. Proyecto llevado a cabo por las potencias marítimas como las de España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia, continuadas en la era industrial durante el siglo XIX con nuevas colonizaciones, un proceso que recién se detuvo en los finales de la Segunda Guerra Mundial dejando a los continentes devastados y fragmentados.

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¿Por qué sucedió eso que sucedió? Pregunta que podemos hacer, el famoso ¿por qué? de la filosofía. ¿De quién es la culpa?, pregunta de la teología política. Los que creen que la filosofía guía a la humanidad con sus ideas y visiones especulativas, dicen que el responsable es Descartes, este hombre del siglo XVII, de un metro cincuenta y pocos, fugitivo de las iglesias, buscado por los cazadores de brujas del Viejo Continente, inspirador y jefe ideológico de los llamados cartesianos que debieron padecer persecuciones como Spinoza que infiltró el condenado método en el estudio de la Torah, este filósofo. Descartes, con su Yo Pienso, yo hago, dispongo, conquisto, transformo, yo como Sujeto me apropio, me pongo en marcha, no acepto el destino ni la voz de las alturas, convierto a la tierra en mi casa, destruyo, construyo y reconstruyo la materia de acuerdo a mis ideas, elaboro un conocimiento previsor para no dejarme vencer por las enfermedades y las pestes, aplico las matemáticas a las cosas para fabricar artefactos que potencien mis facultades, por eso, y para eso, Dios, a quien nadie niega la existencia ni su omnisapiencia, me dio un cerebro y dos manos.

¿No fue Descartes el responsable? ¿Entonces por qué esta mutación del Bien al Mal, de los chinos puros, de los hindúes puros, de los iroqueses, de los piratas, de los árabes, de los aztecas y mayas, que regenteaban un mundo de armonía, por qué se vieron aplastados por estos invasores inescrupulosos de tez clara que convirtieron al planeta en un infierno? ¿Por qué se dejaron vencer? ¿Por qué adoptaron las vías del saber y las formas del poder de sus conquistadores? ¿Por qué copiaron y hasta mejoraron esas diabluras del hombre blanco? ¿O el partido comunista chino de Xiping o el librito rojo de Mao es un invento de Lao Tsé? ¿La tecnología del 5G, los coches eléctricos, los robots, las cámaras de seguridad, el Algoritmo, nada tienen que ver con esos blanquitos de Occidente? ¿Y la lucha política de Mariano Moreno o la de Franz Fanon nada le debieron a las ideas de Rousseau o de Marx, de Sartre? Este Occidente, blanco, bien parecía tener algo más que la blancura que ofrecer al mundo.

Claro que hay blancos nostálgicos, abundan en los franceses correligionarios del mismo Descartes, la añoranza de la sabiduría de Montaigne, que un día dejó la toga de magistrado, no quiso saber nada más con la política de su tiempo y las batallas por la fe, se encerró en su torre para meditar y dialogar con Séneca y Plutarco. De haber seguido con su ejemplo, el mundo de hoy estaría diseñado a medida del filósofo Chul Han que pregona el retiro y el silencio de los cansados twiteros.

O, quizá, quien lo sabe, si la humanidad sin tanto alboroto, hubiera seguido un camino más plausible de realizar, como el iniciado por Spinoza, que sin hacerle concesiones a la manipulación teológica de todo tipo de sacerdocio, del rabínico al calvinista, con simpatías al modelo republicano de los hermanos de Witt, un filósofo que elaboró una metafísica y una ética del pensar bien y sentir aún mejor, con alegrías y sin tristezas, que ennoblece a quienes quieren pasarla bien, juntarse con gente sana, tener buena onda y alejarse de la gente tóxica, de haber seguido este camino spinozista cuya finalidad es la beatitud, los holandeses, para comenzar, habrían seguido plantando tulipanes y sus maravillosos artistas pintando el mobiliario y retratando a los ocupantes de sus austeras viviendas como lo hicieron Vermeer y Rembrandt, sin emprender esas interminables aventuras por las Indias Orientales y Occidentales, en busca de azúcar, especias, sedas y esclavos.

Este paralelo entre el prometeico Descartes y el contemplativo Spinoza, nos hace pensar en el juego especular entre dos robinsones, el de la novela de Daniel Defoe y el de Michel Tournier con su “Robinson o los limbos del pacífico”. El primero que pone en funcionamiento sus habilidades y sapiencia civilizada para domesticar la isla y a su único habitante, el de Tournier, por el contrario, descubre la belleza y la armonía de una naturaleza virgen y de un Viernes que lo ilumina con su cuerpo deseante y la fusión con los elementos. Ah…si el blanco hubiera sido más romántico, más místico, contemplativo y gozoso.

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Pero volvamos a este asunto racial que diagnostica el fin del mundo occidental conducido por los blancos malos, y la respuesta de los pueblos sojuzgados de los continentes del llamado tercer mundo. ¿Es esto lo que está ocurriendo ante nuestros ojos cuando observamos el avance del gigantismo chino, del crecimiento exponencial de la India, del progreso del sudeste asiático, de la invasión africana a Europa, de la expansión de la religión islámica y el debilitamiento de la papado romano, de la explosión demográfica de los pueblos pobres y la renuncia a la natalidad de los blancos europeos, de la decadencia de un imperio como el de los EE.UU que lleva a la presidencia la caricatura de un jefe de estado?

“Así es si os parece” titulaba Pirandello a una de sus obras de teatro. Pero las apariencias engañan. Lo que también parece ocurrir es que lo que está puesto en juego, el cambio radical que se avecina no tiene que ver con las razas sino con la especie. Es el homo sapiens en todos sus colores el que tiene con cada más frecuencia vecinos automatizados que cumplen sus funciones biológicas, las intelectuales ni hablar, lo hacen de un modo potenciado, se crea vida, se clonan seres vivos, se reproduce in vitro, se fabrican chips que trasladan la memoria de un ser a otro, IA apabulla, en suma, la ciencia ficción se ha hecho realidad y la palabra humanoide aún sin saber a qué se refiere tenemos la sospecha de que su venida se aproxima.

En recientes declaraciones el ex embajador en la China Sabino Vaca Narvaja, anuncia otro de los increíbles progresos que está por ofrecer a la humanidad el país del extremo oriente, se refiere a la sustitución de los celulares por humanoides. Ya no será necesario tener un dispositivo para escrolear, comunicarse o consultar y obtener información, porque el asistente robotizado que convive con nosotros en nuestro ámbito de vida, cumplirá con todas las funciones que necesitamos.

La IA Gemini, que algo tiene que ver con el tema, advierte que esta posibilidad que nos entrega la tecnología tiene ciertas dificultades que no conviene omitir, como es la de convivir con un artefacto y nos pide contemplar ciertos problemas que pueden resultar en lo que concierne a la intimidad. Eso para comenzar, soy un ignorante en la materia y no puedo avanzar sobre temas que tienen que ver con las baterías que se necesitan y el litio que habría que conseguir chupando las napas de agua que aún existen. Gemini me habla de nuevas ideas en elaboración como la de hardware neuromórfico y de una sangre artificial diseñadas para ahorrar energía, pero para no seguir con futurologías, me detengo en una de las consecuencias de estos inventos que menciona el ex embajador, que es este asunto del salario universal, del que habla entre otros Elon Musk, tomando en cuenta que estos humanoides y otros robots reemplazarán al hombre que tendrá un destino ocioso.

Hace décadas que sin que se vislumbrara este mundo robotizado había suficientes datos sobre un nuevo tipo de desocupación determinado por una productividad con crecientes contingentes sobrantes sin destino de actividad cierto. La existencia de un llamado Tercer Sector y los variables propuestas de voluntariado anticipaban lo que en la actualidad tiene nuevos ribetes a medida en que la tecnología cambia el panorama productivo.

El mundo cambia de un modo drástico. Hay momentos de aceleración, la historia tiene que ver con el cambio, nunca se detiene, pero las velocidades cambian. Parece que vivimos momentos de extrema rapidez que tienen que ver con la tecnología, es decir, con el conocimiento, y este tipo de temporalidad produce saltos cualitativos.

No es lo mismo un cambio en la tecnología del automóvil cuando de la caja de cambios se pasó a la automática que la de tener un humanoide en casa como un mayordomo de mansiones inglesas, ni que una innovación en la industria que obliga al desplazamiento de los trabajadores de una rama a otra sea comparable a un mundo en el que centenas de millones de personas dejen de pertenecer al mundo salarial y deban inventar a qué dedicar sus vidas y en qué gastar ese salario universal propuesto con entusiasmo por líderes corporativos que declaran un patrimonio de miles de millones de dólares que desean incrementar para navegar lejos de la Tierra en sus futuras naves espaciales.

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