APUNTES FILOSOFICOS
22 de octubre de 2026
MORIR CADA DÍA
Un texto de Soledad Correa
CARTAS A LUCILIO
¿Qué haríamos distinto si supiéramos exactamente cuánto tiempo nos queda? Hace casi dos mil años, Lucio Anneo Séneca propuso algo más incómodo: ya lo sabemos
¿Qué haríamos distinto si supiéramos exactamente cuánto tiempo nos queda? La pregunta suena a dilema de película, pero hace casi dos mil años un filósofo romano propuso algo más incómodo: que ya lo sabemos, o que al menos sabemos lo esencial. El tiempo se nos va, y se nos va ahora, mientras leemos estas líneas.
Lucio Anneo Séneca, nacido en Córdoba, en la Hispania romana, hacia el año 4 a. C., tutor y consejero de Nerón, escribió hacia el final de su vida una serie de cartas filosóficas a su amigo Lucilio. En ellas, la muerte aparece una y otra vez, y no como un tema lúgubre sino como un motivo de reflexión que ofrece herramientas para vivir mejor. En una de esas cartas, Séneca formula la idea que da título a este texto: morimos cada día, porque cada día se nos quita una parte de la vida (cotidie morimur, Cartas morales a Lucilio 24.20).
La frase puede sonar sombría, pero invierte nuestra manera habitual de pensar. Solemos imaginar la muerte como un punto distante al final del camino, un acontecimiento que llegará indefectiblemente, pero que, mientras tanto, podemos ignorar. Séneca nos propone lo contrario: la muerte no está solamente al final del camino, está también en cada paso. Cada hora que pasa es una hora que ya no volverá. Lo que llamamos “futuro” se va convirtiendo, sin pausa, en pasado, y es inapresable, ajeno. En la primera de estas cartas, lo dice de manera aún más directa: solo el tiempo es nuestro, todo lo demás no nos pertenece (Cartas morales a Lucilio 1.3).
De esa intuición se desprende una consecuencia práctica. Si el tiempo es lo único que realmente poseemos, y si se agota continuamente, el verdadero escándalo no es que la vida sea corta, sino que la desperdiciemos. En su diálogo Sobre la brevedad de la vida el filósofo observa con ironía que la gente cuida celosamente su dinero y sus propiedades, pero regala su tiempo al primero que se lo pide. Pensar en la muerte, entonces, no es una ocasión para entregarse a la angustia sino una invitación urgente a ordenar nuestras prioridades: nos recuerda qué merece nuestro tiempo y qué no.
Esa operación no se hace de una vez. Séneca la entiende como un ejercicio cotidiano, algo que debe practicarse con constancia para que se vuelva parte de nosotros. Los filósofos antiguos hablaban de meditatio mortis, una meditación sobre la muerte, y la entendían como un entrenamiento del ánimo, parecido a lo que hoy haríamos con el cuerpo para prepararnos para una carrera. El propósito era perderle el miedo a lo inevitable, y con ello ganar libertad: quien ya no teme perder la vida es menos esclavo de lo que lo rodea.
Lo más interesante, quizás, es el modo en que Séneca hace este trabajo. No escribe un tratado frío y sistemático, sino cartas. Y esto no es un detalle de forma. Cuando le escribe a Lucilio, la filosofía se vuelve un diálogo entre amigos, una conversación que se prolonga en el tiempo. Séneca no habla desde una torre de certezas: exhibe su fragilidad, se corrige, comparte sus propias dudas y hasta sus enfermedades, las que aquejan al cuerpo y las que corroen el alma. En sus cartas aparece un maestro que también se está entrenando, que enfrenta la misma finitud y los mismos terrores que quiere enseñar a reevaluar. La filosofía, así, deja de ser un saber abstracto y se convierte en una práctica compartida, en una forma de acompañarse reflexionando.
Ese gesto tiene algo muy actual. Vivimos rodeados de urgencias y de pantallas, y la muerte, en nuestra cultura, suele ser un tema que se esquiva. Séneca nos recuerda que evitarla no la aleja, solo nos priva de la lucidez que podría darnos mirarla de frente, con serenidad y sin dramatismo. Esa lucidez puede ser una manera de volver a lo importante: los vínculos, el trabajo bien hecho, la conversación, la lectura, el tiempo que damos y que nos damos.
No hace falta compartir todas las ideas del estoicismo para encontrar valioso este ejercicio. Basta con aceptar la invitación que nos plantea una pregunta antigua y sencilla: si cada día morimos, si cada día es una parte de la vida que se va, ¿en qué estamos gastando la de hoy? Esa pregunta, escrita hace casi veinte siglos en la carta de un hombre a su amigo, sigue esperando respuesta. Quizás por eso, entre otras muchas cosas, vale la pena seguir leyendo a Séneca.
COMPARTIR:
Notas Relacionadas
JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL
Traductor de La Odisea
ENTREVISTA "A Odiseo lo he tratado durante años y no me ha caído nunca simpático: ni la convivencia ni el hacer mías sus palabras me han arrancado un ápice de simpatía por él"
PALABRA DE MADRE
De Johanna Schopenhauer para Arthur
TRES FRAGMENTOS EPISTOLARES DE LA FAMOSA NOVELISTA PARA SU IGNOTO HIJO Ordenados según las tres preguntas kantianas: invitación, resignación, ruptura
MIS MUERTOS TRISTES
Bajo la lupa de Juan Aguzzi
REALISMO EXASPERANTE PLAGADO DE FANTASMAS Y ESPÍRITUSMiniserie en 4 capítulos. Plataforma: Netflix. Dirección: Pablo Larrain