FOTOGRAFIA
14 de octubre de 2026
UN ELEFANTE BLANCO. Un texto de Mario Laus.
EDGAR MORIN Y YO. Así fue como en mayo de 1987 llegué al Centre D’Études Transdisciplinaires en la ciudad luz, con apenas seis meses de francés intensivo, mis libros, sin una beca y con doscientos dólares en el bolsillo.
Edgar Morin me esperaba en la librería Ross de Rosario. Corría el año 1986 y de la mano de una elegante vendedora accedí a los dos primeros tomos de su Método. La obra mayor llegaba a la ciudad desde una flamante edición española. La devoré como pude e inmediatamente le escribí una carta. Al tiempo y desde Paris, con fecha 28/7/86, me llegó su respuesta en francés, de puño y letra. “Estimado Señor, no entiendo muy bien sus ideas entorno a energía, entropía y justicia, pero si consigue una beca puede venir a estudiar con nosotros…”.
Así fue como en mayo de 1987 llegué al Centre D’Études Transdisciplinaires en la ciudad luz, con apenas seis meses de francés intensivo, mis libros, sin una beca y con doscientos dólares en el bolsillo. Me recibió su secretaria, quien me explicó que Morin estaba de vacaciones y volvería recién en octubre. La encrucijada era mayúscula. Una verdadera “y” griega del destino. Me decidí por el camino más difícil. El que cambió mi vida para siempre. Con la ayuda de Patricia Perez-Reynoso pude empezar a pegar afiches, luego cuidar niños, más tarde hacer maquetas y finalmente encontrar en persona a Edgar Morin en su despacho, de regreso de vacaciones. Jovial y de buen talante, de mirada aguda y felina, con su libreta de anotaciones colgada al cuello y su anillo de sello, en nuestra primera cita bilingüe me dedica “La Naturaleza de la Naturaleza” y me invita a acompañarlo al médico en subte. Ya en esa charla me habló de las bondades del Malbec argentino, mucho antes que lo descubriera el mismísimo Michel Roland en su viaje a la bodega Etchart de Salta. Y para mi asombro, me recomendó estudiar mucho Geografía.
Acordamos allí una primera entrevista periodística y me caí días después con un inmenso radio grabador estéreo prestado, hoy diríamos de rapero. Con simpatía ante lo inusual de mi equipamiento, facilitó voluntarioso el reportaje y la nota fue publicada luego en medios del interior de Argentina (La voz del Interior, 9/9/89). Él comprendió rápidamente que mi futuro no estaba en la Epistemología, y menos en la lectura intensiva de Hegel y Marx que me propuso. Por el contrario, me ayudó decididamente a tramitar mi visa de estudiante –dado que yo había quedado clandestino- y a seguir mi camino hacia la Fotografía, que me llevaría más tarde al Centre Photographique D’Ile de France como docente, y l’Agence Vu Distribution -del diario Liberation-, como reportero fotográfico. Morin ya lo había transitado en el cine, cuando antes de Mayo del 68 salió a la calle con una cámara y un micrófono a preguntarle a los franceses si eran felices, lo que le valió una palma en el Festival de Cannes. O cuando escribió sobre las estrellas de las pantallas en “Le Cinéma ou l’Homme imaginaire” (1956).
Nuestra segunda nota ya fue más profesional. Ahora sí, con un grabador de microcassette y mi primera Nikon volví al querido Centre del 44 rue de la Tour y logramos una conjunción maravillosa. La tarea la pude entregar en mano a la revista El Porteño. La recibió directamente Jorge Lanata, pucho en boca, lacónico, quien me dijo claramente: “Va a salir…” (y salió en la edición de marzo de 1990 de “El Porteño). Mientras residí, estudié y trabajé en Francia tuve la fortuna de asistir a la presentación de sus numerosas publicaciones. Y cuando decidímos volver al país durante 1993, me recibió en su domicilio del 4 rue D’Archebusiers y me obsequió su flamante “Terre-Patrie”, dedicado con un: “A Mario Laus, pour saluer son retour. Amitié, Edgard.” Fue cuando hicimos la foto con su gata en la biblioteca, que ilustra esta reseña.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. La obra cumbre está concluída: La Methode llegó a los seis tomos, y un séptimo estilo backstage. Desde la Física, la Biología, la Antroposociología, la Ética y la Identidad Humana hasta la Noosfera de las ideas. No se estuvo con chiquitas. Quiso dialogar directamente con René Descartes y su también celebérrimo método llamado, justamente, la duda cartesiana. Pero no se quedó allí. Amante de la vida, huérfano de niño, marcado por la persecución nazi a los judíos en Europa durante la adolescencia, resistente y luego miembro de las fuerzas de ocupación en Berlin al finalizar la 2° Guerra Mundial, su ingreso al CNRS de Francia fue una bendición para él. Me lo dijo claramente:
-Me liberé de tener que dar clases y de hacer ese trabajo horrible que hacen muchos profesores, que van sacando los hierbas que les molestan para cuidar su quintita y su cátedra.
Ante la proximidad del fin, tras un inmenso legado, nos deja en 2021 sus “Lecciones de un siglo de vida” que causaron gran impacto e influencia cultural. Modesto, explicó que no quería dejar lecciones para nadie, sino compartir aquellas que la vida le dio a él. Recuerdo que muchos presidentes del país galo le ofrecieron ser su asesor, distinción que siempre rechazó. Era un investigador y un poeta de la existencia, y lo fue hasta el final. Tal es así que se despidió con una novela de su juventud, “El año perdió su primavera” (2024), en el que narra figuradamente el paso desde el Liceo a la Resistencia.
Atrás quedaron treinta y ocho doctorados honoris causa esparcidos por el mundo, cuatro matrimonios, y una vida de 104 años apasionante y apasionada. Recuerdo perfectamente, al final de una de nuestras entrevistas, que ante la pregunta sobre La Verdad con mayúsculas, me respondió con una cita de Holderlin: “La verdad reside en el abismo, allí donde existe, creo, el misterio de la realidad y la verdad”. Largo y cómplice silencio se produjo luego, sin que haga falta más. A la fecha, ignoro si sus restos ingresarán al Pantheon francés, donde amaría permanezcan. Sería una lástima si no sucediera. Ellos están ya en el imaginario Panteon de la Humanidad, cual elefante blanco de su generación, donde no hay penas, ni olvidos, ni se necesitan leyes y legisladores para seguir iluminando la llama del hommo sapiens-demens en su aventura de transitar la errancia por la Tierra-Patria, ese pequeño planeta que rota y se traslada dentro de aquella pequeña galaxia llamada por los romanos alguna vez, la Vía Lactea, y que tanto nutrió su existencia.
Nota publicada originalmente en ROSARIO 12, edición del 14/06/26