MITOLOGIA
13 de octubre de 2026
LOS TRABAJOS INVALIDOS DE HERACLES. Un texto de Osvaldo Burgos.
Capitalismo de plataformas, nuevos liderazgos y síndrome de Euristeo. Pensamos a la Hydra de Lerna como un arquetipo de las redes sociales. Y al mundo del capitalismo de plataformas como una serie de establos del rey Augias.
Si lo que se tiene por nuevo es lo que, de tan antiguo, ya se olvidó; la mitología nos abre a un universo de arquetipos que sirven para pensarnos. En ese afán vamos a recurrir a Heracles que es el hijo de Alcmena, una mujer mortal, y representa lo descomunal, lo portentoso, lo no sujeto a regla ni a medida. Sin embargo hay dos trabajos para los que su excepcionalidad no alcanza: el enfrentamiento con la Hydra de Lerna y la limpieza de los establos del rey Augias.
Pensamos a la Hydra de Lerna como un arquetipo de las redes sociales. Y al mundo del capitalismo de plataformas como una serie de establos del rey Augias, en los que las deposiciones acumuladas por años conforman montañas de discursos que se autoconfirman y clausuran toda posibilidad de acceso a algo subyacente.
El proceso es notable: toda sociedad se define por su concepción del tiempo. La pretensión de inscribirse en un puro presente exige la prescindencia de cualquier consideración de historias y de proyecciones. Ello facilita, por imposibilidad de contraste, la absolutización de las propias percepciones como productoras de verdad y la consideración del reconocimiento como un fenómeno intragrupal, limitado a perspectivas homogéneas en contradicción. De ahí, a los nuevos liderazgos: la clausura de lo político promueve la aparición de gobiernos autoritarios y tecnocráticos, que sobreactúan lo que propongo llamar el síndrome de Euristeo. Un delirio de omnipotencia y victimización.
Heracles es una figura compleja, hijo ilegítimo de Zeus a quien Hera odia como a ningún otro. Héroe “matador de monstruos”, terminó con la común costumbre prehelénica de sacrificar niños. Venció a golpes a la muerte para devolver a Alcestis, esposa de su amigo Admeto, al mundo de los vivos. Y rescató a Hesíone, que había sido expuesto desnuda por los troyanos para calmar el hambre de un monstruo marino que asediaba la ciudad. Pero también, en un ataque de locura enviado por su madrastra, mató a Mégara, su primera mujer, y a los hijos que había tenido con ella.
Euristeo, su primo, rey de Argos en su lugar por un ardid de Hera, le temía. Y para purificarlo de sus asesinatos, le encomendó diez trabajos imposibles. Que fueron doce porque, invalidó dos: el segundo y el quinto. A ellos voy.
El segundo trabajo era matar a la Hidra de Lerna. Un monstruo que vivía bajo un bosque sagrado, en un pantano insondable, y tenía un incontable número de cabezas que se replicaban, en dos o en tres, al ser cortadas. Su aliento y el mero rastro de su olor eran suficientes para matar.
Para vencerla, Heracles requirió la ayuda de su sobrino Yolao, que incendió el bosque. Luego, con las ramas ardientes cauterizó la sangre que surgía ante cada cabeza talada, deteniendo el flujo para impedir la reproducción de lo incontable. En vano. Euristeo alegó que la intervención de Yolao descalificaba el trabajo. El sentido crítico que permite el reconocimiento de un proceso (incendio-cauterización) es ajeno a las redes.
El quinto trabajo era limpiar los establos de Augias. Unos establos inabarcables en los que montañas de heces habían ocultado la tierra, a la que ya no llegaba el arado. Eso, precisamente, es lo que ha hecho el capitalismo de plataformas con el mundo que signa su fabulosa concentración de riqueza. Lo ha ocultado bajo sus desperdicios, al extremo de que no importe si sigue ahí. O no.
Para realizar esta tarea, Heracles celebró un acuerdo con Augias. A cambio de una décima parte de su fortuna, juró limpiar los establos en un solo día. Desvió el curso de dos ríos. Las aguas arrastraron el estiércol. Cumplió su parte. No obstante, Euristeo alegó esta vez que el acuerdo perfeccionado con el propietario de los establos privaba al trabajo de sus efectos de purificación. E invirtiendo el argumento, Augias sostuvo que la imposición de la tarea por un mandato purificatorio, privaba al acuerdo de sus efectos. Entronando sus discursos al nivel de verdad, ambos negaron el derecho que la evidencia de los hechos los obligaba a reconocer. Lo hicieron de mala fe, claro; pero eso en el entorno digital es irrelevante. Al pasar de lo analógico a lo digital, la calificación de conducta se vacía de contenido. El avatar de la red es un sujeto objetivado, sin derechos sobre sí mismo, que se sostiene en la absolutización de sus opiniones.
Los avatares no tienen historia. Carecen de proyecto. Giran endogámicamente en un puro presente en el que el ámbito intragrupal del reconocimiento se reduce en cada vuelta. Fuera de eso, lo que no es objeto de empatía será sujeto de acecho. Tal reducción del reconocimiento a lo homogéneo que tiende a lo singular, implosiona la sociedad, clausurando el espacio político. La empatía reafirma la omnipotencia; el acecho, la victimización. Luego, esa implosión y esa clausura sustituyen a los sujetos sociales por víctimas y verdugos.
Desde su arquitectura central, el capitalismo de plataformas se asume y se presume como preeminente a la ley. La ficción de totalidad sobre la que se asienta (todo lo real es visible y todo lo que se ve es real) se inscribe en una reducción de lo ontológico a lo perceptivo. El imperativo es obvio: hay que denigrar lo político hasta clausurarlo en la subordinación a una miríada de percepciones con pretensiones absolutas de verdad en colisión. El show debe seguir.
Las plataformas garantizan la certeza del condicionamiento de conductas en el que, cada autoconfirmación eleva el precio. Por su intermedio, el capitalismo de plataformas hace de la clausura de lo político su política. Y en la acumulación de deposiciones discursivas, encumbra la promoción (y luego, el descarte) de nuevas formas de liderazgo en los países-establos. Autoritarismos tecnocráticos que exageran las tendencias digitales a la omnipotencia y a la victimización, porque su base es el entretenimiento, no la razón argumental.
En nuestro mito, cada vez que Heracles terminaba un trabajo y regresaba a la ciudad, Euristeo se ocultaba en un cofre. La alegoría es útil. En su facilitación de la obscena concentración de riqueza y consecuente propagación de la indigencia, la sustitución de lo colectivo por lo conectivo cumple, en el capitalismo de plataformas, las funciones de ese viejo cofre. Crea una ilusión de omnipotencia en el cerrado universo de una cáscara de nuez para que el rey del momento resguarde su fragilidad. Hasta el pronto día en que otro, otra, sepa entretener mejor, lo suceda sin restos y el show siga.
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