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RITOS Y ESCRITOS

13 de octubre de 2026

LA TIERRA ESCRITA. Un texto de Ana Arzoumanian.

Octubre, mes de la cultura armenia.
Hay pueblos cuyo pasado puede leerse en sus monumentos. Hay otros cuya semblanza está escrita en las ruinas.

Hay pueblos cuyo pasado puede leerse en sus monumentos. Hay otros cuya semblanza está escrita en las ruinas. En el caso armenio ocurre algo diferente, una parte esencial de la historia de Armenia se funda en los libros.

Armenia pertenece a esa antigua tradición de pueblos para los cuales escribir no fue solamente registrar una lengua, sino construir una forma de existencia. El acontecimiento decisivo que se conmemora en el mes de octubre se produce en el año 405, cuando Mesrop Mashtots (monje, teólogo, lingüista y traductor) crea el alfabeto armenio.

La creación del alfabeto desencadena una verdadera revolución cultural. Se traducen las Escrituras y textos patrísticos; se escriben obras originales; aparecen escuelas vinculadas a las iglesias y comienza una tradición que dejará testimonios fundamentales sobre la Armenia de los primeros siglos cristianos.

En una historia marcada por divisiones territoriales, invasiones, exilios y pérdida de soberanía, el texto ofreció algo que el territorio no siempre podía garantizar: permanencia. La patria podía cambiar de manos; las fronteras podían desplazarse; los habitantes podían ser expulsados. Pero una página sobrevivía a una ciudad.

Por eso resulta tan poderoso el caso de los manuscritos armenios. El Matenadaran, Instituto Mesrop Mashtots de Manuscritos Antiguos de Ereván, conserva aproximadamente 17.000 códices que abarcan historia, geografía, filosofía, gramática, derecho, medicina, matemáticas y literatura. La colección fue incorporada por la Unesco al Registro Memoria del Mundo.

Los monasterios funcionaron como institutos, claustros y archivos. Geghard, por ejemplo, fue un importante centro cultural medieval que contó con academia, scriptorium y biblioteca. Geghard, antiguo monasterio excavado parcialmente en la roca, cuyo nombre deriva de geghard, «lanza», en referencia a la tradición según la cual allí se conservaba la lanza con la que habría sido herido Cristo durante la crucifixión. Geghard es, así, un lugar donde la piedra y la lectura parecen prolongarse una en otra; monasterio, cueva, iglesia y paisaje forman un espacio de memoria en el que la cultura armenia hizo de la materia una forma de trascendencia.

La Unesco reconoce el arte de las letras armenias como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad desde el año 2019, y señala que el alfabeto creado en 405 no solamente sirvió para producir acervo escrito: sus letras fueron utilizadas también como números, criptogramas y enigmas, y llegaron a impregnar diversas formas del arte.

Y quizás por eso la historia armenia puede pensarse como la saga de un pueblo que aprendió muy temprano que una nación también puede existir en un libro. Esta afirmación adquiere una dimensión todavía mayor cuando pensamos en la diáspora. El pueblo armenio no llevó consigo solamente recuerdos de un país perdido. Llevó iglesias, colegios, canciones, pero se trasladó con una lengua; un alfabeto.

Una escuela armenia en Buenos Aires, Beirut, París o Los Ángeles podía ser, de algún modo, una continuación de aquella antigua relación entre lengua, grafía y comunidad. Un libro podía hacer aparecer una latitud allí donde se había desposeído todo dominio. Por eso la epopeya del libro armenio es inseparable de la crónica de la dispersión.

Incluso la imprenta llegó tempranamente a la cultura armenia. El primer libro armenio impreso se publicó en Venecia en 1512, apenas unas décadas después de Gutenberg, y la primera Biblia armenia impresa apareció en Ámsterdam en 1666. De modo que la peripecia armenia puede narrarse también como un extenso legado de tecnologías de la memoria: primero la voz, después el alfabeto, luego el manuscrito y la imprenta.

Armenia no fue la primera cultura en escribir. Pero hizo de la escritura una de las formas cardinales de su supervivencia histórica. Y por eso, cuando pensamos en Armenia, no deberíamos pensar solamente en una tierra antigua. Deberíamos pensar en una nación que durante siglos aprendió a llevar su suelo dentro de las palabras. Una nación que hizo del alfabeto una casa. Y del libro, una tierra itinerante.

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